• El Juego Interior

El estrés

Actualizado: feb 7


¿Conoces el síndrome de la rana hervida? Es una metáfora que puede aplicarse a muchas situaciones de la vida, pero hoy quiero utilizar para hablarte del estrés.

Si metes a una rana en una olla hirviendo, ésta automáticamente pegará un salto para salir de la olla y ponerse a salvo. Sin embargo, si pones a esa rana en una olla con agua tibia y poco a poco la vas calentado hasta llegar al punto de ebullición, la rana morirá sin nadie la rescata. Pues algo parecido pasa con el estrés, necesario para sobrevivir a los cambios pero que, si se prolonga en el tiempo, puede causar graves problemas en nuestra salud.

¿Qué es el estrés?

El estrés es un proceso natural que prepara el cuerpo para defenderse de una agresión externa o adaptarse a un entorno nuevo, desconocido o que consideramos hostil.

Si un ladrón entra en tu casa para robarte, tu sistema nervioso percibirá esa situación de estrés y llevará toda la energía a tus músculos, tu corazón y tus pulmones para que puedas luchar o huir. Es decir, te preparará para la supervivencia.

Si tienes que acabar urgentemente un trabajo o eres un deportista a punto de entrar en competición, tu sistema nervioso también captará ese episodio de estrés y aumentará tu concentración y tu motivación para ayudarte a superar el reto. Este es el estrés adaptativo, que se conoce como euestrés o estrés positivo, un estrés que nos estimula, nos llena de energía y nos mantiene enfocados en el objetivo.


Mecanismos del estrés

A) Mecanismo de supervivencia: Cuando nos enfrentamos a un peligro o amenaza real.

  • Ataque: Afrontamos la amenaza, la combatimos.

  • Huida: Huimos del peligro, lo evitamos.

  • Bloqueo: Nos quedamos paralizados, sin capacidad de reacción.

B) Mecanismo de adaptación: Cuando el cerebro no detecta un peligro o amenaza, sino una incertidumbre o cambio que ve como un reto u oportunidad.

Cuando detectamos un peligro o amenaza, se activa la amígdala, una región del sistema límbico del cerebro con forma de almendra que controla nuestras emociones y nuestro instinto de supervivencia. Las glándulas suprarrenales empiezan a segregar las hormonas del estrés, como la adrenalina o el cortisol, y se bloquea el lóbulo frontal, que se encuentra en el neocórtex, nuestro cerebro racional. Es decir, que secuestrados por nuestras emociones, dejamos de planificar, aprender, prestar atención y ser creativos.

Si ese peligro es real y momentáneo, no pasa nada: todo eso nos ayudará a proteger nuestra vida. El problema aparece cuando activamos el mecanismo de supervivencia anticipando una experiencia que aun no ha sucedido o recordando otra que ocurrió en el pasado. Es decir, hacemos que nuestro cerebro interprete como una amenaza física algo que solo está en nuestra mente. Si encima prologamos este estado en el tiempo, porque somos incapaces de desactivarlo, ya no seremos la rana que salta fuera de la olla hirviendo, sino la que se queda dentro de la olla, mientras el agua va subiendo poco a poco de temperatura.

Es lo que se conoce como distrés o estrés negativo, ese estrés crónico que nos tiene en permanente estado de alerta. Nadie está preparado para vivir en una constante situación de emergencia. Por eso, nuestro cuerpo empezará a fallar y acabaremos enfermando.

Consecuencias del estrés

Cuando estamos en modo supervivencia, aumenta nuestra presión sanguínea y nuestra frecuencia respiratoria, el corazón puede llegar a trabajar hasta cinco veces más y nuestro sistema digestivo, reproductor e inmunológico se paralizan. En ese estado de alarma podemos aguantar durante un tiempo, pero si el estrés se cronifica bajarán nuestras defensas y seremos más propensos a coger enfermedades y a sufrir problemas digestivos y cardiovasculares, disfunciones sexuales, jaquecas, insomnio, ansiedad, tensión muscular...

¿Cómo lo combatimos?

El distrés –el estrés negativo- tiene un gran componente mental. Nosotros, con nuestra forma de interpretar las cosas, podemos hacer que una situación complicada sea difícil o insuperable. Decir “no voy a ser capaz”, “no me va a dar tiempo", "no voy a llegar”... activa la amígdala y ésta el mecanismo de supervivencia.

En el siglo XXI, en plena era digital, rodeados de estímulos externos y enganchados a la multitarea, el estrés no desaparecerá, pero hemos de aprender a percibir la realidad de manera más relajada, sin sobredimensionarla. Y la realidad solo está en el presente, en el aquí y ahora. No está en un pasado que no tiene por qué volver a repetirse ni en un futuro que no sabemos ni si vendrá.

Y como la naturaleza es sabia, nuestro propio cuerpo fabrica el antídoto al cortisol que segregamos en los episodios de estrés: la oxitocina, la hormona que genera la sensación de placer. La forma más rápida de liberar oxitocina es teniendo un orgasmo. Pero no solo segregamos oxitocina con el sexo, sino haciendo cualquier cosas que nos resulte placentera. Así que ya sabes: practica deporte, disfruta de un paseo al aire libre, sal con los amigos, lee un libro, pinta, cocina, medita si te apetece… Disfrutas de todas esas pequeñas cosas de la vida que te hacen feliz: esa es la mejor manera de combatir el estrés.

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