• El Juego Interior

Generalizar, eliminar, distorsionar

Actualizado: feb 10


Según un artículo publicado, en 2006, por Pedagogy, Culture & Society, nuestro cerebro procesa 11 millones de bits por segundo, pero solo es consciente de unos 75 bits por segundo. Sí, has leído bien: apenas captamos conscientemente el 0,0007% de la realidad. Ese 0,0007% lo convertimos en aquello que percibimos y los somete además a una serie de filtros para crear nuestra propia realidad, nuestro mapa mental, nuestro modelo del mundo.

La realidad que captan nuestros sentidos la sometemos, en primer lugar, a los 3 procesos universales de modelaje de la experiencia: el de generalización, eliminación y distorsión.

  1. Generalización: Cuando nuestro cerebro traslada algo que nos sucedió una vez a todas las experiencias similares, está generalizando. Gracias a este proceso sabemos, por ejemplo, que si ponemos la mano encima de una estufa que está encendida, nos quemaremos. O podemos subirnos a un coche y ponernos el cinturón sin tener que preguntar dónde está y cómo se abrocha.

  2. Eliminación: Cuando nuestro cerebro solo presta atención a ciertos aspectos de nuestra experiencia y excluye otros, está eliminando. Este proceso permite, por ejemplo, a una madre distinguir el llanto de su bebé en una sala llena de gente.

  3. Distorsión: Cuando nuestro cerebro deforma nuestra experiencia para darle el significado que queremos, está distorsionando. Este es el proceso que hace posible todas las creaciones artísticas (pintura, escultura, arquitectura, música, escritura...) y la mayoría de inventos o descubrimientos científicos.

Generalizamos, eliminamos y distorsionamos constantemente la realidad. Como veis, estos procesos pueden resultarnos de gran utilidad para enfrentarnos al mundo en ciertos contextos, pero en muchos otros solo empobrecen el mapa que tenemos de él y limitan nuestra experiencia. Por ejemplo, de pequeños nos mordió un perro y, ahora, les tenemos pánico, porque pensamos que todos los perros muerden. Hacemos una generalización limitante.

O nos llama el jefe a su despacho para felicitarnos por nuestro trabajo y, de paso, nos pide, por favor, que intentemos llegar un poco antes a las reuniones del departamento. Nosotros omitimos esa felicitación y nos quedamos con que nuestro jefe cree que somos impuntuales. Hacemos una eliminación limitante.

O montamos una cena en casa, invitamos a cuatro amigos, solo viene uno de ellos y, decepcionados por el poco éxito de la convocatoria, llegamos a la conclusión de que los otros tres no han venido porque no nos quieren como amigos, cuando la realidad es que uno está de viaje por trabajo, otro se ha puesto enfermo a última hora, y al tercero la cena le coincide con su aniversario de boda y lógicamente ya tiene otros planes con su mujer.

Las generalizaciones, eliminaciones y distorsiones también aparecen constantemente en el uso cotidiano de nuestro lenguaje. Pero ojo, porque lo que pensamos o sentimos muchas veces no se corresponde exactamente con lo que decimos. Y ahí es donde surgen las interferencias en la comunicación. Para evitar las generalizaciones, conviene ser más específicos; las eliminaciones se combaten completando la información; y en las distorsiones hay que clarificar la parte del enunciado en la que dejamos volar la imaginación.

Utilizamos el lenguaje para representar y comunicar nuestra experiencia. Cuidémoslo, porque el límite de nuestro lenguaje es el límite de nuestro mundo.

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